Este Día de la Madre me encuentra en un lugar nuevo. Sigo siendo hijo de Elba, compartí muchos años de vida y una familia con Bochi, y hace poco vi a Mica convertirse en mamá de Delfina. En una misma mesa aparecen tres generaciones. Y uno entiende que el amor también se transmite así: de una mano a otra, de una historia a la siguiente.
El amor de una madre, de generación en generación en Lomas de Zamora
En el Día de la Madre, Sergio Lapegüe expresa en palabras cómo, de pronto, nos cambia el lugar desde el que miramos. Y entonces también cambia la manera de mirar a nuestra propia madre.
A veces vuelvo a una foto de cuando era chico. Tenía 2 años y mi mamá me había disfrazado de Nerón para una competencia de carnaval en el Club Atlético Los Andes. Esa imagen tiene algo de Banfield, de Lomas de Zamora, de aquellos años en que el barrio era el escenario de todo. Mamá me llevó, me preparó el disfraz y estuvo ahí. Visto desde hoy, parece una escena pequeña. Pero muchas veces la infancia está hecha de eso: alguien que se ocupa, que acompaña, que guarda una foto para que uno la encuentre muchos años después.
Con el tiempo, uno deja de ser el chico de esa foto. Forma su propia familia, aprende a acompañar y descubre que no siempre hacen falta grandes discursos. Con Bochi recorrimos juntos ese camino y vimos crecer a Mica y a Franco.
Ahora, con la llegada de Delfina, empezó otra etapa. Mica es mamá y nosotros somos abuelos. La vida, de pronto, nos cambia el lugar desde el que miramos. Y entonces también cambia la manera de mirar a nuestra propia madre. Hay cosas que se comprenden mejor cuando uno acompaña a sus hijos: el cuidado de todos los días, la preocupación que no se apaga, el deseo de que estén bien incluso cuando ya hicieron su propio camino.
Con Elba, hoy hay momentos en que la música nos encuentra. Ella tocaba el piano y yo vuelvo a sentarme frente a él para compartir un rato. No hace falta que pase algo extraordinario. A veces alcanza con estar cerca.
Este domingo, cuando las familias se reúnan para celebrar el Día de la Madre, seguramente habrá regalos, llamados y fotos nuevas. También estarán esas imágenes viejas que vuelven con los años: una mesa, un disfraz, una canción, una mano que nos sostuvo cuando todavía no sabíamos cuánto iba a significar.
En Banfield aprendí que uno puede recorrer el mundo y, aun así, llevar el barrio puesto. Y que hay afectos que también se heredan: empiezan en casa, crecen con nosotros y un día reaparecen, distintos y nuevos, en los brazos de nuestros hijos.