domingo 01 de noviembre de 2026
1 de noviembre de 2026
Reflexión.

Un mural en Temperley y una pasión que se pinta de celeste

La obra, realizada por Muro Sur en Temperley, tiene como protagonista a un chico cualquiera, sintiendo al Celeste como parte de su identidad.

Me pareció una linda manera de contar la historia de un barrio. Porque hay cosas que aprendemos de chicos y nos acompañan toda la vida: el camino a la escuela, el ruido del tren, las primeras amistades y los colores de un club.

La obra, realizada por el colectivo Muro Sur, no muestra a un futbolista famoso ni celebra un campeonato. Su protagonista es un chico cualquiera, como tantos que crecieron sintiendo al Celeste como parte de su identidad.

Temperley, un sentimiento

Ya les conté alguna vez la historia de Alfredo Beranger, aquel presidente que fue fundamental para el crecimiento de Temperley. Puso su patrimonio personal al servicio del club para conseguir el terreno de la cancha, pero murió en 1923 (de manera trágica) sin llegar a ver terminado su sueño. Hoy el estadio lleva su nombre.

Pasó más de un siglo. Cambiaron las tribunas, los jugadores y las generaciones de hinchas, pero ese lugar sigue reuniendo a miles de familias. Y el presente también alimenta la conversación de los vecinos. Temperley pelea por volver a Primera, categoría que perdió en 2018. Está difícil, pero la ilusión del ascenso sigue viva.

La obra de Muro Sur en Temperley.

La obra de Muro Sur en Temperley.

Los hinchas saben de esperas difíciles. En los años 90, la quiebra puso en peligro la continuidad del club. Fueron los socios y los vecinos quienes lucharon para mantenerlo con vida. Y en 2014 llegó el esperado regreso a Primera después de 27 años. Por eso vuelvo al chico del mural. Quizás todavía no conozca la historia de Beranger ni las dificultades que atravesó el club. Pero ya lleva puesta la camiseta. Muchas veces la pasión se transmite así: un abuelo que lleva a su nieto a la cancha, una familia que escucha un partido, un padre que cuenta un ascenso inolvidable.

Ojalá ese mural permanezca muchos años. Quizás los chicos que hoy lo miran vuelvan de grandes y recuerden quién los llevó por primera vez a la cancha o cuándo empezaron a sentirse hinchas. Porque los equipos ganan y pierden, ascienden y descienden. Pero el orgullo de pertenecer a un lugar y llevar sus colores en el corazón permanece. ¡Hasta la semana que viene, amigos!

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