Unos días atrás, la BBC puso la lupa sobre una de las infusiones preferidas de los argentinos y tiró la bomba al preguntar: “¿Por qué el café es tan malo en Buenos Aires, la ciudad de las cafeterías más bellas?”

Según argumentaron los expertos cafeteros consultados por el medio británico, a pesar de tener cafeterías turísticas famosísimas, como Tortoni, La Biela y Las Violetas, la calidad del producto servido es muy floja. Dicen que se sirve quemado y que el fin de los cafés en el país nunca fue la bebida en sí, sino la reunión y el espacio físico.

¿Pensarán lo mismo de las cafeterías de Lomas? Probablemente... La mayoría de los locales que lo sirven están en Las Lomitas: desde comercios históricos, como café París, hasta cadenas internacionales como Starbucks. Y, a decir verdad, siempre sirvieron más como punto de encuentro que como un lugar de disfrute de la infusión.

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Hace poco más de un siglo, el punto de encuentro por excelencia en el barrio era El Trípoli. Era un café, pero más que nada se servía alcohol. Estaba ubicado en la esquina de San Martín y Castelli y tenía un toque mágico que lo hacía muy pintoresco.

Al café, uno de los pioneros de nuestro distrito, se entraba por la ochava a un gran salón en el que estaban las mesas y dos billares. A un costado había un lugar reservado para los habitués que buscaban intimidad. Y en el patio había además dos canchas de bochas. El inquilino que lo regenteaba era Fermín Alfaro, un gran jugador de pelota a paleta.

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Conocido por tener pocas pulgas, Fermín no dudaba en sacar a patadas a cualquiera que se pasara de la raya. Y lo hacía seguido: si bien la gran mayoría de los clientes de El Trípoli eran vecinos, el lugar también era conocido por ser el punto de encuentro de personajes un tanto problemáticos. Muchos de los asistentes eran conocidos guapos de época, que andaban al margen de la ley, se pasaban con el alcohol y se iban a las manos.

Tras la muerte de Alfaro en un accidente, a fines de la década del 20, las cosas se empezaron a poner feas y El Trípoli empezó su decadencia. Todo se desmadró en mayo de 1928, cuando el café fue escenario de un doble crimen: dos hermanos fueron asesinados a sangre fría por un hombre por cuestiones de polleras. Aquel hecho, sumado a otra brutal pelea ocurrida meses después entre un policía y un cliente, marcó el principio del fin del histórico bar. Y sí, se tomaba poco café.