Guillermo Sayago se jubiló después de 33 años como colectivero y tuvo una despedida inolvidable en Lomas de Zamora. Su último recorrido en la línea 543 terminó con una sorpresa de sus compañeros en la estación, donde hubo aplausos, bengalas, espuma y abrazos para cerrar una historia marcada por miles de viajes y pasajeros.
Para Guillermo, la última jornada estuvo lejos de ser un día más de trabajo, la emoción fue creciendo. “Fue un día muy movilizante. Desde que salí de casa hasta que terminaron los festejos en la estación fue llorar y llorar, porque no me salían palabras”, contó a Diario La Unión.
La situación fue todavía más particular porque Guillermo, también es predicador, está acostumbrado a hablar frente a otras personas y dar sus mensajes durante la semana. Sin embargo, esta vez no sabía que decir, "yo predico los miércoles, los jueves y los domingos y te puedo garantizar que cuando los pasajeros me saludaban no me salía una palabra. Fue algo muy raro”, recordó.
Su familia fue una de las grandes protagonista de la despedida, el cartel que acompañó el festejo fue preparado por él junto a sus nietas, esposa y una de sus hijas. Trabajaron hasta casi las dos de la madrugada para terminarlo: “Eso es familia y de eso se trata”, resumió.
El cartel que acompañó el festejo fue creado por su familia.
Más de tres décadas frente a un colectivo
Guillermo comenzó a trabajar en el transporte en 1993, cuando tenía 26 años. Ahora, al momento de jubilarse, define el cierre de esta etapa con una frase: "Misión cumplida". Durante su carrera también fue testigo de la transformación del transporte. Cuando comenzó, los boletos se cortaban manualmente y los conductores cobraban en efectivo, con monedas y billetes.
Entre las historias que le dejó el colectivo, hay una que ocupa un lugar especial, Fue arriba de la unidad donde conoció a quien se convertiría en su esposa. Ella era pasajera y solía sacar un boleto de 35 centavos para un recorrido que, según recuerda, costaba 55.
Un día decidió advertírselo: “Mire que hasta acá no vale 35 como saca usted, vale 55”, le dijo, aquel intercambio terminó siendo el comienzo de una historia de amor. La pasajera se convirtió en su esposa y llevan 32 años juntos. Por eso, cuando le preguntan si hubo algún pasajero que haya quedado especialmente en su memoria, Guillermo responde sin dudar: “Mi familia”.
Sorpresa de sus compañeros en la estación, hubo aplausos, bengalas, espuma y abrazos.
Los pasajeros que dejaron de ser desconocidos
En su recorrido, los horarios fijos hacían que las mismas personas viajaran todos los días a la misma hora. Con el tiempo, las caras conocidas se transformaron en nombres, conversaciones y vínculos. “Acá nos conocemos todos por el nombre. Te puedo decir que entre el 60 y el 70 por ciento de los pasajeros nos conocemos por el nombre”, explicó.
Con algunos compartió momentos cotidianos, con otros, situaciones mucho más personales. Guillermo es pastor y muchas veces los pasajeros que conocían su fe se acercaban para pedirle una oración. Recuerda haber rezado por personas que atravesaban enfermedades graves y que, tiempo después, volvieron para contarle que se habían recuperado. También estaban los pequeños gestos, pasajeros que le llevaban facturas, comida o algo que habían preparado en casa para compartir, “jamás tuve un problema con la gente. Todo lo contrario”, aseguró.
Guillermo comenzó a trabajar en el transporte en 1993, cuando tenía 26 años.
Los chicos que corrían a saludarlo
Entre los pasajeros, hay un grupo que Guillermo va a extrañar especialmente: las chicas y chicos. Durante años vio crecer a generaciones que viajaban en colectivo para ir al colegio. Muchos bajaban por la puerta trasera y después corrían hasta adelante para saludarlo.
En su último día volvió a vivir una escena que resume ese vínculo, una nena que viajaba con sus padres quiso despedirlo, le habían regalado una bolsita de confites y decidió regalársela a Guillermo. "Una cosa de loco, pero son esas cosas hermosas que esta profesión te da. El reconocimiento de un grande, es fácil. Pero ganarte el corazón de un niño es otra cosa", dijo.
La huella que dejó en varios niños se puede leer en los comentarios que recibió la publicación de la cuenta oficial de Instagram de Yitos SA. “No me conoce usted, señor, pero fue quien me llevó todos mis años al colegio. Le agradezco mucho”, escribió una persona.
Una nueva etapa
Guillermo quiere ayudar a su esposa en el armase, continuar predicando la palabra de Dios y volver a realizar tarreas sociales dentro de la iglesia evangélica. Pero también tiene un sueño: dar clases de educación física en una escuela rural.
“Vamos, Guille, genio. Un gran chófer. Con él me tocó estar cada vez que iba al cole”, comentó un usuario. También hubo quienes destacaron su manera de trabajar y el trato con los pasajeros: “Gran chofer. Qué respetuoso y cordial. Te frenaba cerca del cordón, mucha paciencia con los adultos y jóvenes para que suban y bajen con sus tiempos y más. Ojalá sigan personas su trabajo como usted. ¡Feliz jubilación!”, escribió otro vecino.
"El reconocimiento de un grande, es fácil. Pero ganarte el corazón de un niño es otra cosa", dijo.