Soledad Silveyra y Miguel Ángel Solá fueron una de las tantas parejas de actores argentinos muy recordadas por el público y tuvieron un romance muy publicitado en aquellos días, que se extendió por unos años y que no terminó de la mejor manera.
Soledad Silveyra y Miguel Ángel Solá se conocieron a principios de los ’80 en medio de un rodaje y estuvieron juntos un par de intensos años.
Soledad Silveyra y Miguel Ángel Solá fueron una de las tantas parejas de actores argentinos muy recordadas por el público y tuvieron un romance muy publicitado en aquellos días, que se extendió por unos años y que no terminó de la mejor manera.
Se conocieron en 1981 filmando “La casa de las siete tumbas” y luego compartieron escenario en la obra de teatro “El hombre elefante”. Por ese entonces Soledad Silveyra estaba casada con José Jaramillo, el padre de sus dos hijos y Miguel Ángel Solá estaba soltero.
Se hicieron buenos amigos, pero todo quedó en la buena onda. Ese verano volvieron a verse en la temporada de Villa Carlos Paz y la actriz lo recordó en una entrevista para La Nación.
Soledad Silveyra habló de su romance con Miguel Ángel Solá.
“Él pasaba remando en kayak y La China (Zorrilla) me decía: ‘Cómo rema este pibe por vos’. Después me mandó poemas a través suyo. Lo nuestro fue una gran pasión, por él me separé de Jaramillo. Duró poco, solo dos años, pero fue sin dudas una gran pasión”, contó.
Y recordó en la misma entrevista: “Después nos reencontramos dos veces más, una en Buenos Aires y otra en Mar del Plata, donde terminó todo”.
Durante muchos años no volvieron a verse ni a hablar hasta que él vino Buenos Aires con su segunda mujer, Paula Cancio, a hacer teatro.
“Fui a ver la obra, que era Doble o nada, y después pasé a saludarlo por el camarín. Hacía años que no nos hablábamos. Al menos no me echó... (risas). De todos modos, no hablamos del tema”, contó.
Y además recordó una anécdota muy graciosa que vivió mientras eran pareja. “Un día Miguel fue a una fiesta a lo de Carlín Calvo, en Constitución, y yo pensé: ‘Éste me está siendo infiel’. Porque esas fiestas se llenaban de minas divinas, entonces fui para allá sin avisar y, sigilosamente, atravesé cuerpo a tierra todo el perímetro de la casa quinta, arrastrándome por el césped. Para esto, obviamente, primero tuve que traspasar los alambrados, donde me lastimé la espalda. Hasta que, toda embarrada, me le aparecí entre las plantas y le grité ‘¡hijo de p...!’ Hoy recuerdo esa situación y no paro de reírme”, contaba.