Se fue Diego, el Pelusa de Villa Fiorito 

de puño y letra. Diego, aunque sea de todos los argentinos y el mundo, nació, creció y pateó una pelota por primera vez en las calles de Lomas.

Nunca imaginé dar la noticia. Nunca. Murió Diego Maradona. Se nos fue Diego, el Diez, el dueño de la pelota. El más grande de todos. Talentoso, polémico, genial, controvertido, impulsivo, amado, odiado, venerado, nunca olvidado? todo eso le cabe al futbolista argentino más grande de todos los tiempos, el que más alegrías nos dio.  

Cuánto se ha escrito estos días sobre Maradona. Resulta difícil desde mi lugar juntar las palabras correctas para compartir con ustedes, amigos de La Unión. Se ha dicho tanto... 

Pero elegí contarles la historia del "Pelusa" en su barrio. Nuestro barrio. Porque Diego, aunque sea de todos los argentinos y el mundo, nació, creció y pateó una pelota por primera vez en las calles del Conurbano Sur. 

Maradona nació la mañana del 30 de octubre de 1960 en el hospital Evita de Lanús. Pasó sus primeros años en una humilde casa ubicada en las calles Azamor y Mario Bravo, Villa Fiorito, en el partido de Lomas de Zamora. Allí creció con sus padres Diego "Chitoro" Maradona y Dalma "Doña Tota" Franco, que habían llegado poco antes desde Esquina, un pueblo de Corrientes. Los ocho hermanitos crecieron en la pobreza, pero Diego siempre dijo que gracias al trabajo de Chitoro y Doña Tota, nunca les faltó para comer.  

Fue en los potreros de "Las siete canchitas", a pocas cuadras de su casa, que Diego comenzó a deslumbrar con su zurda mágica, su habilidad asombrosa y un carácter de líder que marcó desde pibe. Todos lo llamaban Pelusa. 

No duró mucho Diego en el barrio. Un ojeador de Argentinos Juniors lo descubrió de muy chico. Allí hizo las inferiores -Los Cebollitas- y cuando era adolescente, el club le consiguió un departamento para toda su familia en La Paternal, cerca del estadio del Bicho. El Pibe de Oro debutó en primera división en 1976, diez días antes de cumplir 16 años. El resto es historia. 

Diego ya no está. Pero está en cada jugada, en mi vida y en la de todo el mundo. Podrán imitarlo, pero nadie le llega a los tobillos por esa tremenda patada en el Mundial de Italia 90.  

Nos demostraste que se puede. Que nada es imposible. Te equivocaste, Diego. Es tu vida. No te juzgo, no soy quién. La mano de Dios te llevó a su lado. Sos leyenda. Seguí haciendo jueguitos. ¡Te quiero, Diego! 

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