Bisnieta de italianos que llegaron al Partido huyendo de la fiebre amarilla, se convirtió en notaria muy joven en un mundo de hombres. Le tomó examen Natalio Etchegaray y hoy es la más antigua en ejercicio.

La vecina Graciela Lucia Castelli soplará 79 velitas el 1º de abril y se convirtió por el capricho del destino en la escribana en ejercicio más antigua de Lomas, una mujer cuyo faro fue encendido por la visión de su madre. “Era ama de casa, pero tenía una inteligencia natural y visiones adelantadas”, confía.

“Mi papá, que era un hombre muy reservado, me preguntó: ‘¿Por qué no sos escribana, como la hija de mi amigo?’".

“Cuando terminé el colegio le dije que iba a trabajar para ayudar a mi hermano, para que él estudiara, porque estábamos mal económicamente. Y ella saltó: ‘¿Cómo? Vos no sos menos que tu hermano. No sabés lo que te puede pasar en la vida. Si te casás o no. Si te casás y te va mal o si se muere. Vos no podés depender de nadie. Vos tenés que ser vos’”, recuerda Graciela, quien marcada por esas palabras inició un camino en un mundo de hombres.

Un poco motivada por su amor por la historia y un profesor de esa materia que era abogado y al que admiraba, y otro poco incentivada por la sugerencia de su papá, decidió ser notaria. “Mi papá, que era un hombre muy reservado, me preguntó: ‘¿Por qué no sos escribana, como la hija de mi amigo?’ Al principio dudé, pero después consideré que como escribana también podía enseñar historia y entré a la universidad”, cuenta.

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Graciela asegura que nunca se sintió distinguida, ni mirada por nadie.

Así, ingresó a la carrera de notariado, con materias codificadas. “Me anoté y aprobé la primera materia con 4. Pensé: ‘Estos están borrachos, ¿cómo me van a aprobar a mí, que no tengo base?’. Los examinadores eran todos hombres. Eran todos muy grandes y yo muy chica. Y así fui aprobando con mucho sacrificio todas las materias. Y mientras estudiaba trabajaba de maestra, de preceptora, de lo que fuera para ayudar”.

Si bien fue una adelantada para su época, Graciela asegura que nunca se sintió distinguida, ni mirada por nadie. “Éramos pocas mujeres, muchas se achicaron y no fueron más. Tenía compañeras, pero no había dirigentes mujeres. A pesar de haber crecido en un mundo de hombres, yo me considero una mujer de otro siglo. Creo que no somos opuestas a los hombres, sino complementarias”, dice Graciela quien comparte el trabajo con su hija, también escribana y adscripta suya, y su nieta, una chiquita hermosa que va de visita y quién sabe, quizá siga sus pasos.

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LA AYUDA DE DIOS. Cuando Graciela Castelli se recibió, la meta era conseguir un registro. Un día, una mujer con la que había cursado en la facultad le propuso prepararse juntas para un concurso. “En Lomas había vacantes, pero yo no tenía trayectoria, así que no había chances de que ganara. Entonces Dios, que ayuda a través de las personas, me mandó a esta mujer, que tenía experiencia sobre concursos y me dijo: ‘Vos vas a preparar el tema Escritura Judicial’. Y yo le dije: ‘Disculpame, pero ese tema es horrible’. Y ella me respondió: ‘No importa si te gusta o no, sino lo que le agrada al que te va a tomar examen. Y a vos te va a tomar examen el escribano Natalio Etchegaray, que escribió sobre esto. Yo voy a estudiar lo mismo. Yo me voy a presentar en Lanús y vos en otra parte’”, recuerda Graciela, quien ganó su registro para Roque Pérez con 10,10 puntos.

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“Recuerdo que esta mujer también me indicó: ‘Te vas arreglada, peinada, te sentás con la espalda derecha, aceptás el café que te ofrezcan y les hablás a pares, no a profesores’. Fue sin dudas una gran ayuda”, revela.

CUANDO TODO SUCEDÍA EN LAS CASAS.Graciela Castelli nació en la casa donde hoy funciona su escribanía y que tiene el mismo nombre que su apellido: Castelli; una casa que perteneció a su mamá. Fue la fiebre amarilla la que marcó el punto en el mapa. Mis bisabuelos llegaron a Argentina y terminaron en Lomas tras huir de esa epidemia. Mi bisabuelo, Juan Bautista, compró tres viviendas. Una también sobre la calle Castelli, otra sobre Azara y una tercera en Manuel Castro, que según las escrituras en ese momento eran Bulnes y Maza. “Antes la gente nacía en las casas, envejecía en las casas y moría en las casas. Hoy las cosas suceden afuera”, reflexiona.