Este lunes se cumple un nuevo aniversario del día en que el avión Hércules C-130 que tripulaba Rubén Héctor Martel fue derribado por dos harrier ingleses durante una misión de riesgo. Su hijo Ezequiel lo recuerda y cuenta parte de su historia.
El piloto Rubén Martel, caído el 1º de junio de 1982 en las aguas heladas del mar del sur.

Ezequiel Martel Barcia era apenas un bebé cuando perdió a su padre en la Guerra de Malvinas. Tenía diez meses. Su madre le contó que ese día él estaba llorando en su cuna cuando de repente sonó el teléfono. Del otro lado hablaba el abuelo Héctor Martel, no traía buenas noticias: "Dicen que el avión de Rubén desapareció. No se sabe más nada".

El 1° de junio de 1982 por la mañana, la tripulación del Capitán Rubén Héctor Martel despegó de Comodoro Rivadavia, a bordo del avión Hércules C-130, con una misión: recorrer cuatro puntos entre el continente y de las islas Malvinas para identificar posiciones de la flota inglesa. La tarea era delicada, de máximo riesgo.

El avión debía volar a muy baja altura, con todos los comandos apagados, hasta ascender bruscamente en determinadas coordenadas y prender los equipos. En altura debía recoger información y después volver a descender. Así en cada uno de los puntos establecidos.

En los primeros tres puntos no hubo inconvenientes. Pero al llegar al último, un radar los detectó y dos aviones harrier ingleses salieron a cazarlos. El impacto de un misil en el ala izquierda y una descarga de 245 proyectiles de 30 mm hundieron al Hércules en el mar.

La última comunicación que llegó a transmitir por radio el Capitán Martel fue: "IFF encendido, estamos en emergencia". Después no se supo nada más.

El homenaje de la Fuerza Aérea a los tripulantes caídos del Hércules.

Desde entonces, Ezequiel tuvo que crecer sin su padre y sin recuerdos sobre él. Y con ese vacío en el pecho, de chico comenzó a hacerse preguntas y a tratar de reconstruir su historia. Para saber quién había sido su viejo y tener una imagen más vívida sobre él.

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Juntó documentos, indagó en libros, consultó a los amigos de Rubén, a miembros de la Fuerza Aérea, incluso tuvo el valor de contactar a Nigel Ward, el piloto del escuadrón que derribó el avión de su padre, y forjó un vínculo con él. Pisó las Islas en dos oportunidades, surfeó en sus aguas y hasta elaboró un mapa donde murieron los caídos en combate.

"A mí a los 10 meses me tocó perder, y me tocó perder feo. Pero aún así, con todo esto, trato de encarar las cosas de otra manera", comenta Ezequiel del otro lado del teléfono. Su voz se oye temblorosa. No es para menos. "Hoy es un día muy particular", admite.

Ezequiel, de chico, junto a un cuadro que recuerda a su padre.

Para él, el recuerdo de Malvinas y los aniversarios no son cosa de un solo día. "Con Malvinas es especial porque para muchos de nosotros, los hijos de los caídos, el recuerdo no aparece solo en una fecha, sino que arranca el 2 de abril, sigue el 1° de mayo, con el día de bautismo de fuego de la fuerza aérea, y continúa el 1° de junio y el 14 también", resalta.

Esa presencia y esa ausencia constante, Ezequiel supo manejarla a su manera. "Yo en estos 38 años me he dedicado a investigar muchísimo", comenta.

"En mi caso y el de mis mejores amigos, todos nuestros viejos cayeron al mar del otro lado, no cayeron sobre Isla Soledad, cayeron sobre Gran Malvinas y por ende no tenemos un lugar físico adónde ir, entonces eso te repercute, es como que tenés y no tenés", dice.

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La última foto que Ezequiel tiene junto a su papá.

Ezequiel atesora solo tres fotos en las que está junto su padre, dos en el departamento de Caballito donde vivían y una en la playa, en Pinamar. También guarda unos cassettes, con su voz, que recién pudo escuchar el año pasado, justo el Día del Padre.

"Dije: 'bueno, me voy a dar ese honor' y lo escuché", cuenta. Todo lo trata de hacer muy pausado, todo le lleva su tiempo, dice. "Porque obvio no es un proceso fácil. Es como que tenés que armar algo, que tenés que reconstruir un rompecabezas", explica.

¿Cómo recuerda a su padre? "Como un tipo al que le encantaba volar". "Yo siempre voy a estar orgulloso de mi papá y que haya pertenecido a la Fuerza Aérea. No sé si es como una revancha o una tranquilidad, pero yo sé que mi viejo murió haciendo lo que le gustaba, y cumplió con el sagrado juramento de defender la bandera hasta perder la vida", destaca.

Rubén Martel, de joven, junto a su papá en la puerta de su casa de Banfield.

Rubén Héctor Martel nació el 12 de abril de 1947 en Reconquista, Santa Fe. Las vueltas de la vida lo trajeron a él y a su familia a Banfield. Vivió en Capdevilla al 270. Por eso, la Plaza ubicada entre las calles Rincón y Talcahuano lleva su nombre, y cerca de la confitería Tiara hay una placa que lo recuerda. Hace muy poquito, Ezequiel se enteró de eso.

"Habrá sido en febrero o marzo. Hablé con la gente de Tiara, me presenté, les conté quién era y les pregunté si ellos estaban dispuestos a aceptar algo, porque yo les quería mandar enmarcada una foto de mi papá para que tengan. Bueno, ahora con todo esto (de la cuarentena) quedará para otro momento, pero seguro lo vamos a hacer", adelantó.