Filomena le pidió ayuda a la abanderada de los humildes y obtuvo una máquina de coser. Creció y pudo comprar una estación de servicio.

Filomena Mach llegó de Italia, desesperada, en búsqueda de trabajo. Comenzó limpiando casas, pero cuando se la cruzó a Eva Perón no desperdició la oportunidad de pedirle ayuda. “Los guardaespaldas quisieron sacarla a mi abuela, pero Evita dijo: ‘Dejen, que quiero escuchar a la señora’. Mi abuela se tiró a los pies y le pidió trabajo. Evita le contestó con una máquina de coser y ahí empezó todo”, cuenta Andrea Mach, nieta de Filomena.

“El esfuerzo y el trabajo son las raíces que nos inculcaron toda la vida”, cuenta andrea, una de las nietas de filomena.

Así, esta mujer luchadora comenzó a coser, le fue bien, cada vez mejor, hasta que se le ocurrió comprar una estación de servicio con un sólo surtidor en Lomas. Toda la familia se puso a trabajar con ella y el oficio pasó -hasta ahora- por tres generaciones. “Pero Filomena siempre dirigió la batuta de todo, era la cacique de los Mach. Mi abuelo la acompañó, pero la visionaria fue ella”, aclara.

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“Tuvo dos hijos varones, Julio y Luis, que fueron dos grandes ejemplos de padres que criaron hijos luchadores y trabajadores: cinco mujeres y un hombre. Siempre nos inculcaron el trabajo”, cuenta Andrea que si bien ahora se dedica a la organización de eventos, su niñez y adolescencia estuvo marcada por la estación de servicio. “La nafta era mi perfume”, agrega.

Pero a pesar de ser la nieta de la dueña, Andrea comenzó limpiando vidrios, lavando autos, aprendiendo a valorar el trabajo y el esfuerzo. “Salíamos a comprar un pantalón y valía $40 y el lavado estaba $10, entonces pensábamos que teníamos que lavar cuatro autos para comprarnos un pantalón, eso que nos hizo fuertes y aprender a valorar el trabajo, que nos hayan hecho reconocer el esfuerzo para valorar algo. Creo que fue lo más valioso que me dio mi papá”, reconoce Andrea.

Pero a pesar de ser la nieta de la dueña, Andrea comenzó limpiando vidrios, lavando autos, aprendiendo a valorar el trabajo y el esfuerzo.

Ella y sus hermanas terminaban de hacer la tarea (eran alumnas del Instituto Sáenz) y se iban a trabajar: a limpiar autos, vidrios, despachar nafta, a ponerse el uniforme de YPF. Después, pasaron a la administración, sobre todo cuando apareció la computadora y los padres no tenían mucha idea de eso.

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“La que estaba desocupada no podía estar haciendo nada en la casa, era algo innato. Teníamos que colaborar, nos salía a nosotras mismas”, dice.

Pero en la actualidad las cosas cambiaron y eso se ve en los adolescentes, aunque los padres aparecen como responsables: “Creo que los jóvenes hoy son distintos. Les dimos demasiado a nuestros hijos, no les hicimos reconocer el esfuerzo que hacíamos para darles cosas o comprárselas, no les enseñamos a valorar. Es el error más grande que hay. Soy una de ellas, me hago cargo”.

Andrea tiene un hijo, Francisco, de 22 años. Desde hace 20 que lo cría sola, “sin la ayuda de nadie”. “Desde que nació vino a trabajar a todos los eventos conmigo. Ha dormido en el piso de la oficina, lo he levantado a las 6 de la mañana para volver a casa, no tenía a nadie que lo cuidara y tampoco pretendía que nadie se ocupara. Hice un sacrificio bárbaro”, recuerda Andrea, quien siente que todavía lleva en la sangre “el olor a combustible, que fue donde se inició todo”. “El esfuerzo y el trabajo son las raíces que nos inculcaron toda la vida”, cierra la vecina que ahora está al frente de un bar en Temperley, La Antigua Fábrica.