Como suele pasar en cada inicio del ciclo lectivo, estar ante un nuevo grupo de alumnos es todo un desafío para el docente, por más experiencia que tenga.

Además, al toparse con nuevos alumnos, no es del todo conveniente darle asidero total a las versiones tergiversadas que corren por la sala de profesores y los pasillos de la escuela. Es probable que algunos colegas ya pongan al tanto al docente sobre este nuevo grupo señalando con nombre y apellido a los más revoltosos y menos aplicados del curso.

También te ponen en autos sobre los más estudiosos y cumplidores y también los que merecen un párrafo aparte por no estar dentro de los grupos fácilmente encasillables, esos que suelen pasas desapercibidos, pero a los que hay que seguir de cerca.

Prejuicios más, prejuicios menos no todo es lo que parece o los que nos vendieron. Al final de cuentas muchos señalados como alumnos brillantes se están tirando bastante a chantas y estudian ni una coma más de lo recontranecesario, como poniendo un piloto automático que les garantiza aprobar la materia sin obsesionarse por un 10 en el boletín.

Aquellos vendidos de antemano como calladitos son ahora auténticos loros parlanchines, como la alumna de gruesos anteojos sentada adelante del curso que parece que justo viene a romper su histórico mutismo en nuestra clase. Mientras que aquellos, a priori, problemáticos parece que han sufrido una conversión en su revoltosa conducta durante el tórrido verano y ahora son colaborativos, solidarios y hasta estudiosos y cumplidores.

También el acusado de incurrir en el ausentismo se transformó en Domingo Faustino Sarmiento y vienen a clase a pesar de que llueva a mares. Y los que no faltaban nunca, ahora se le dio por tomarse la costumbre de olvidarse de venir a clase muy seguido.

Ojo que esta mirada también va de los alumnos a sus profes. El docente, por estudiantes de los años superiores o hermanos mayores, pudo haber sido vendido como ultraexigente y termina siendo permisivo más de la cuenta. O aquella profe de Geografía que se suponía que no era tan rígida y en cambio les hace sudar la gota gorda con sus trabajos prácticos y monografías. Lo mismo puede ocurrir con docentes estigmatizados como caracúlicos a ultranza que terminan en cambio siendo muy buenos consejeros y siempre prestando la oreja para intentar solucionar los problemas que surjan en el aula o fuera de ella.

“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”, canta Rubén Blades y esas sorpresas también ocurren adentro de las escuelas, más a menudo de lo que se cree.