La historia detrás de la llegada de los marineros nazis a Temperley

SEGUNDA GUERRA MUNDIAL. El periodista Sergio Lapegüe cuenta que solían ir en verano a una pileta a metros de la casona de la quinta de Gatti, hoy un geriátrico ubicado en Esmeralda y Carlos Tejedor.

Los que siguen las noticias a diario sabrán que el foco del mundo está puesto desde hace semanas en Ucrania, donde la situación es un polvorín por el conflicto entre Rusia y la OTAN y todo puede explotar de un momento a otro. Desde nuestro lugar no queda más que desear que se encuentre una vía pacífica y no haya que lamentar derramamiento de sangre: un conflicto bélico total entre superpotencias como Rusia, Estados Unidos y la Unión Europa tendría un impacto global que no se registra desde la Segunda Guerra Mundial, quizás el evento más triste y determinante de la historia de la humanidad.  

Porque sí, la Segunda Guerra fue verdaderamente mundial, abarcando rincones en casi todos los continentes, incluido el nuestro. No solo eso: llegó casi hasta el patio de nuestras casas, literalmente. ¿No me creen? Hoy los invito a conocer una historia increíble sobre la batalla del Río de la Plata, el único episodio librado en Sudamérica durante aquel terrible conflicto. 

Aquella batalla naval se libró frente a las costas uruguayas el 13 de diciembre de 1939 y tuvo como principal protagonista al acorazado alemán Admiral Graf Spee, que desde hacía meses recorría las aguas del Atlántico con la misión de destruir el tráfico mercante del enemigo. En otras palabras, los jerarcas nazis habilitaban a los marinos del barco a comportarse como corsarios, atacar y saquear los barcos que le daban apoyo logístico y comercial a los países aliados.  

Sin posibilidades de volver a combatir, dejó ir a pique a la nave en las aguas del Río de la Plata cuatro días después y se trasladó hacia Buenos Aires junto al resto de los sobrevivientes.  

Tras advertir que muchas de sus naves comerciantes habían sido exitosamente atacadas por el Graf Spee, los ingleses se cansaron: aquel 13 de diciembre, tres cruceros británicos que venían persiguiendo al acorazado nazi lo alcanzaron frente a la costa de Montevideo y, pese a la dura resistencia de los alemanes, los terminaron venciendo. Al ver que su buque estaba a punto de ser hundido, el capitán Hans Langdorff decidió amarrar en el puerto de Montevideo. Sin posibilidades de volver a combatir, dejó ir a pique a la nave en las aguas del Río de la Plata cuatro días después y se trasladó hacia Buenos Aires junto al resto de los sobrevivientes.  

El capitán, derrotado y deprimido, se suicidó en nuestra capital el 20 de diciembre. El resto de su tripulación se quedaría vagando por la Argentina. Así es como llegamos a Lomas de Zamora. Más precisamente, a Temperley. Como las autoridades nacionales habían decidido dejarlos en libertad, algunos hombres decidieron afincarse en nuestro partido.  

A metros de la casona de la quinta de Gatti (hoy un geriátrico ubicado en la esquina de las calles Esmeralda y Carlos Tejedor, en Villa Galicia) una familia alemana había comprado una quinta para alquilar caballos. Entre sus tantos clientes estaba el vecino Juan Buchanan, quien construyó una pileta. Allí solían ir los marineros del Graf Spee para refrescarse durante el verano. Algunos volvieron a Alemania tras el fin de la guerra, pero muchos decidieron quedarse a vivir en nuestro partido. Y sus descendientes son nuestros vecinos. ¡Qué historia! 

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