De Puño y Letra, por Sergio Lapegüe.
De Puño y Letra, por Sergio Lapegüe.

Las noticias policiales de los últimos tiempos no podrían ser más tristes. La desaparición y el posterior hallazgo del cadáver de Anahí en la Reserva de Santa Catalina llenaron las páginas negras de los diarios en lo que va de agosto y nos golpearon muy duro a todos.

Por Sergio Lapegüe

En Lomas de Zamora, como en todos los distritos de la provincia de Buenos Aires, el resto de las provincias del país y del mundo, existen distintas fuerzas policiales, que se erigen como instituciones con una larga historia dentro de las sociedades modernas. Muchos hombres y mujeres, durante todo el siglo XX y parte del XIX, trabajaron en la protección de los ciudadanos de Lomas. Corrían fines de 1861 cuando Francisco Portela, nieto de don Tomás de Grigera, fue de-

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DE PUÑO Y LETRA, por Ser gio Lape güe La historia de la Policía en Lomas signado como primer Juez de Paz del lugar. Era una figura similar a la del actual intendente. Antes de su nombramiento, Portela decidió crear dos instituciones claves para el desarrollo de una ciudad naciente: una escuela y una partida policial. Aquella dependencia apenas contaba con seis soldados y un sargento. Aunque hoy parezca chiste, en ese momento siete personas protegían a todo Lomas.

Claro que la cantidad de habitantes era mucho menor a la actual. La primera comisaría fue fundada recién el 30 de junio de 1876, siendo designado comisario Rodolfo Venzano. La dotación se completaba sólo con la asistencia de un vigilante. Claro que semejante cantidad de efectivos para ofrecer un servicio de seguridad a la comunidad fue simbólica y al poco tiempo se armó la Partida de Policía, con más hombres y recursos, funcionando en el edificio de la Municipalidad.

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Inevitablemente, como sucedió en todo el Conurbano bonaerense y el resto de los grandes centros urbanos de la Argentina, el progresivo y constante aumento de la población llegó de la mano con tensiones sociales y un incremento en el número de delitos. Esto obligó a las autoridades a mejorar la infraestructura del servicio policial. En 1888, por ejemplo, se resolvió construir nuevos calabozos para recluir a los delincuentes que eran detenidos. Como el espacio destinado a la Policía quedó chico y poco operativo, se resolvió trasladar la comisaría a una precaria casa de la calle Sáenz, entre Azara y San Martín. Lejos de resolver los problemas con el alojamiento de los presos, la cosa se puso cada vez peor: los detenidos perforaron las paredes de los únicos tres calabozos y los comunicaron entre sí y con el único baño del lugar. La situación se complicó aún más cuando hicieron un boquete en la pared medianera de la comisaría y se escaparon una madrugada por el comedor de la casa vecina. Como era de esperar, la fuga generó un gran escándalo en el municipio y a las autoridades no les quedó otra que volver a trasladar la comisaría a otro lugar. Esta vez se eligió un terreno en Laprida 622, más apropiado para brindar seguridad. Con el tiempo, por supuesto, muchas más dependencias fueron creadas en los distintos barrios de la zona.