“Don Sixto Palavecino gato escondido de amor, cuando escucho tu violín, Santiago es como una flor”, dice el estribillo de “Don Sixto Palavecino”, el tema que León Gieco escribió en homenaje al gran maestro santiagueño.

A pesar de lo sentido del tema, León se la dedicó sin conocerlo en persona y cuando sólo habían hablado por teléfono. Durante esa conversación, el autor del tema cortó invadido por la emoción al haber escuchado la voz de uno de sus referentes artísticos y sobrepasado por la emoción del momento.

Años después Don Sixto le devolvió la gentileza componiendo el gato “Leoncito”, una suerte de declaración de amistad entre ambos, que se fue haciendo más estrecha con el tiempo.

Todo había comenzado cuando León convocó a Don Sixto para el disco de “Ushuaia a la Quiaca”. El santiagueño aceptó el convite de inmediato y colaboró en esa obra cumbre, que contó con la producción de Gustavo Santaolalla y la participación de artistas de todo el país.

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Don Sixto aceptó sumarse a pesar de que muchos de sus colegas no aprobaban que se junte con un rockero, pero su sabiduría no lo hizo quedarse en los prejuicios absurdos.

Ésta es una anécdota, una de tantas que pueden servir para ilustrar a Don Sixto, que falleció hace 10 años, el 24 de abril de 2009, a los 94 años y con su salud muy deteriorada, rodeado de sus hijos y sus nietos.

Había nacido el 28 de marzo de 1915 como Sixto Doroteo Palavecino, en un paraje llamado Barrancas, en el departamento de Villa Salavina, en el interior profundo de la provincia Santiago del Estero.

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Criado en el monte y conocedor de las tareas rurales, de niño se topó con el violín, su gran amor. Su madre no veía que el pequeño Sixto abrazara la música tan rápidamente, pero no pudo con el deseo de su hijo.

Para que sus hijos puedan acceder a la escolaridad, se radicó en  la capital santiagueña. Allí vivía modestamente de su oficio de peluquero. Mientras tanto, Don Sixto dedicó su vida a la defensa del idioma quichua, difundiéndolo a través de la poesía, la música, y a través de sus composiciones bilingües y sus traducciones de canciones, poemas y libros.

Fue mentor y creador del Alero Quichua Santiagueño, cuyo lema es "Ama Sua, Ama Llulla, Ama Ckella" (ni ladrón, ni mentiroso, ni holgazán), programa radial que se mantuvo por más de 30 años en el aire, con gran audiencia sobre todo en el interior provincial y cuya temática sirve para afianzar una lengua que es sinónimo de la identidad cultural del pueblo santiagueño.

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Fue distinguido unos días antes de su deceso con el título doctor honoris causa por la Universidad Nacional de Rosario, la más alta distinción académica que es otorgada a quienes con empeño y dedicación a largo de toda una vida contribuyen a la cultura, la ciencia, las artes y letras.

Obtuvo numerosos premios a lo largo de su trayectoria, incluyendo un Premio Konex como uno de los mejores instrumentistas de folklore de la historia en Argentina.