El síndrome burnout suena medio raro ante los oídos de algún desprevenido, pero no es otra cosa que el flagelo conocido familiarmente como el síndrome del docente “quemado”.
También se llama “desgaste profesional” en otras áreas, que eligen un nombre menos incendiario sobre el asunto en cuestión.

Este síndrome fue estudiado por primera vez en 1969 al comprobar el extraño comportamiento que presentaban algunos oficiales de policía de aquella época: agentes de la autoridad que mostraban un cuadro de síntomas concreto.

Esta sesuda teoría fue acuñada originariamente en 1974 por un tal Herbert Freudenberger, un psicólogo natural de Alemania.

Posteriormente, en 1986, las psicólogas estadounidenses C. Maslach y S. Jackson lo definieron como “un síndrome de cansancio emocional, despersonalización, y una menor realización personal que se da en aquellos individuos que trabajan en contacto con clientes y usuarios”.

Saquen una hoja y tomen nota, colegas: los docentes “quemados” presentan una serie de síntomas inequívocos, que casi son los mismos, en Lomas o en la China. A saber, están agotados física y emocionalmente, se sienten más fríos, hoscos y cínicos en su relación con los alumnos y con el resto de los compañeros de trabajo, y no se encuentran realizados en su trabajo.

El agotamiento emocional se produce al tener que realizar unas funciones laborales diariamente y permanentemente con personas que hay que atender como objetos de trabajo.

Ojo al piojo que este síndrome puede causar estrés excesivo, fatiga, insomnio, un desbordamiento negativo en las relaciones personales o vida en el hogar, depresión, ansiedad, deterioro cardiovascular y sigue la lista, pero mejor cortarla acá y no asustarlos más.

Según anuncian a los cuatro vientos los especialistas, los profesionales de la educación están muy expuestos a este síndrome, aún más que en otras profesiones, porque se ven obligados a tratar a muchas personas (o sea alumnos y demás agentes del sistema) y establecer relaciones intensas con ellos durante mucho tiempo.

Pero la escuela no es la única culpable de que un docente está “quemado” porque hay factores externos que desencadenan el burnout. Además de dictar clases, corregir y planificar, también aportan lo suyo la falta de apoyo familiar y el hecho de no encontrar un refugio afectivo, ni un perro que te ladre.

¿Tomaste nota?, si te pasa algo de esto, no te preocupes, sólo tenés la cabeza quemada. Pero mejor decir que es burnout, que queda más elegante.