El firmante de estas líneas es el Maestro Ciruela, sí señor y a mucha honra, un rótulo injustamente puesto a algunos educadores y otros que no lo son, ni pretenden serlo.

Se le dice Maestro Ciruela a alguien muy mandón, que da demasiadas indicaciones o que pretende hacer las cosas siempre a su forma, desoyendo a los demás.

Incluso este mote también se lo encajan a quienes pretenden demostrar un conocimiento que no tienen y hablan de lo que no saben y como si supieran.

Este refrán es muy popular en nuestras Pampas, pero el nacimiento se remonta a la España de hace unos largos siglos y se vincula con un supuesto docente de muy dudosa existencia.

En Badajoz, se popularizó un verso simple que decía lo siguiente: “Como maestro de Siruela, que no sabía leer ni escribir y puso escuela”.

Ojo al piojo: Siruela viene de un pueblo español y no de ciruela, la fruta. Muchos piensan que el tal maestro nunca existió y que sólo se aprovechó la rima de Siruela con escuela.

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Siruela es un pueblo de la provincia extremeña de Badajoz y el maestro Siruela es un personaje proverbial, surgido del ingenio popular, como tantísimos otros que nombramos a diario.

Se desconoce si el dicho corresponde a un hecho real o fue inventado y quedó para siempre como una sátira burlona sobre la persona ignorante que habla u opina sobre una aquello que desconoce.

Antonio Rodríguez Moñino en su libro  “Dictados tópicos de Extremadura”, publicado allá por 1931, que añade variantes del dicho como “el maestro de Algodón, que no sabía leer y daba lección” o “el maestro del Campillo, que no sabía leer y tomaba niños”.

Existe en España un conde de Siruela, un tal Jacobo Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo, de la casa de Alba, más conocido por los amigos como Jacobo Siruela, quien fundó la prestigiosa Editorial Siruela.

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También hubo uno con C. Se trata de un fulano que se llamaba Pedro Sánchez Ciruelo, el más célebre de los matemáticos españoles del Renacimiento. Nacido en Zaragoza hacia 1470, estudió en su localidad natal y posteriormente en Salamanca y en París, donde se quemó las pestañas estudiando y se doctoró en Teología y fue profesor de Matemáticas.

Cuando el refrán se instaló, para quedarse, en Argentina se empezó a escribir con C, al confundirlo el nombre del Maestro con el de la sabrosa fruta.

Desde entonces, y ¿para siempre?, comenzó a escribirse como Ciruela y a otra cosa, olvidando el motivo original y la S inicial.

Para todos los Maestros Ciruela y Siruela, como aquel “que no sabía leer ni escribir y puso escuela”, eternamente condenamos a esa injuriosa rima, cargada de maldad, vaya un cálido saludo.