Por Mauricio Amaya

Cuántas veces ha resonado la frase “la historia la escriben los que ganan”. Y cuánto se ha ocultado y filtrado bajo esa idea tan instalada.

Cuando Colón con sus embarcaciones arribó a este continente, se trató de un descubrimiento para aquellos europeos que tardaron muchos años en determinar que los hombres originarios de este lado del mundo no eran animales.

En la búsqueda de tesoros, los conquistadores les pidieron a estos hombres que les dieran lo más preciado, dorado y brillante que tenían. Los indios les dieron el trigo.

Esa cosmovisión les valió una invasión militar y cultural que arrasó con creencias milenarias: otras tradiciones, formas de pensar y vivir que los habitantes originarios de América cultivaban se perdieron. El vínculo con la naturaleza estaba en sus dioses, en su medicina y astrología. Esa integración entre aquellos hombres y la naturaleza fue rompiéndose a partir del imperativo imperialista de acumulación de riquezas y tierras, que exterminó y sometió a millones de hombres originarios en todo el continente.

El conquistador, finalmente, impuso la idea de un solo rey y una única religión sobre estos pueblos que conformaban una integridad insoslayable con su lugar.

Y hasta hace algunos pocos años en los manuales escolares se siguió enseñando que el 12 de octubre de 1942 ocurrió el descubrimiento de América, desconociendo y ocultando uno de los más grandes genocidios de la humanidad, y abonando a la idea de que la historia la escriben los que ganan.

La civilización o la barbarie. La conquista del desierto, en tanto, fue una de las más terribles campañas militares emprendidas contra los pueblos originarios. El entonces presidente Julio Roca encomendó liberar nuestra Patagonia de los salvajes pueblos que que la habitaban, entre 1878 y 1885. En nombre de lo “civilizado” se avanzó sobre aquellos hombres sin dios ni patria: araucanos y tehuelches, miles de ellos muertos, mutilados, esclavizados. Las ideas liberales de avanzar hacia la razón, hacia la evolución darwiniana, habían calado hondo en los generales argentinos a lo largo del siglo XIX. En el proyecto de país, que pretendían los dirigentes argentinos de entonces, no había lugar para los indios, sí para los europeos. Los manuales de historia aún denominan esa matanza como “La conquista del desierto”.

En rigor, esos paradigmas de conquista y evolución se impusieron en los distintos tiempos históricos, aún persisten a través de muchos de sus símbolos en el imaginario colectivo que mira con los ojos del vencedor.

Es necesario entonces ser revisionista de la historia, pensar cada suceso, las palabras que lo denominan, y reivindicar siempre la tan negada voz de los oprimidos. Porque también existieron las luchas exitosas de los pueblos -aunque las escondan, hay que indagar, charlar, leer, explorar-, no siempre ganaron ni ganarán los mismos.