-¡Mamá, mamá! ¡En clase soy el más alto y el que más sabe!

-¡Claro cariño... sos el profesor!

Y sí, hay chites de todos y para todos, como los clásicos de gallegos y de borrachos, pasando por todas las temáticas posibles, hasta llegar a las humoradas que tienen como centro a los docentes, a los alumnos y todo el universo escolar.

Sólo de trata de ponerle un poco de onda y darse cuenta que el sistema educativo es una inagotable usina generadora de chistes, incluso algunos de mal gusto y que no da para andar contando por ahí.

-Andresito, ¿qué planeta va después de Marte?

- Miércole, señorita.

Éste es otro de los clásicos y vaya a saber uno si no se basó en un hecho real más que la imaginación de algún creador de chistes.

Cuando se trata de este tipo de chascarrillos, las víctimas puede ser cualquiera que esté dentro de aula, así de democrática es la cosa. Para el humor todos están ecualizados en la misma sintonía, como cuando en la escuela, la maestra dice:

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- A ver Luis, ¿cómo te imaginas la escuela ideal?

- ¡Cerrada, maestra!

La cultura popular tiene entre sus personajes favoritos a Jaimito, unos alumnos revoltosos y que a veces se pasa de mambo. Bah, en realidad casi siempre, como esos chicos que pueden llamarse de otra forma, pero que reúnen sus características.

Hablando de Jaimito…., entra un nuevo profe al curso y se presenta:

- Buenos días, mi nombre es Largo.

- No importa, tenemos tiempo, dice Jaimito.

Al margen de estos chascarrillos, los alumnos también toman las riendas del humor en cada una de las escuelas y no hay docente ni autoridad que se salve de que le pongan un mote o un apodo.

A veces pude ser un apodo positivo, que se encalque de ensalzar sus virtudes y sus méritos humanos y profesiones.

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Pero claro, suelen abundar los que son más picarescos apuntando en otra dirección, que se van pasando de generación y generación.

Esta tradición oral hace que el origen de ese mote se haya perdido en el tiempo y se llame a un profe de una forma sin conocer los motivos.

Salvo algunos demasiado zarpados, los demás apodos forman parte de cierto folklore estudiantil, una costumbre instalada desde tiempos de Domingo Faustino Sarmiento.

También hay chicas y muchachos ingeniosos en clase, para distender la clase con una salida ingeniosa, un chiste medido o para encontrar a la víctima de un apodo. Ingeniosos en serio, incluso con pasta para esos menesteres humorísticos, sin ser unos payasos insoportables.

Sin caer en las faltas de respeto y sin cruzar ciertos límites, una cuota de humor no hace mal dentro de la escuela y hasta puede ser una buena herramienta pedagógica.