Varias generaciones de lomenses pasaron por el entretenimiento que él mismo instaló cuando la zona era un potrero. “Esto no es un negocio, es la posibilidad de relacionarme con los chicos, lo mejor que tiene este mundo”, dijo sobre su verdadera vocación.
CON LA SORTIJA Y CARAMELOS, ALBERTO SIGUE REGALANDO DIVERSIÓN.

Sortija a la vista y vueltas eternas en la calesita de la Plaza Steinberg, de Lomas. De la mano de José Alberto Castelli, su dueño, uno sabe cuando sube, pero nunca cuando baja. Es que todos los nenes se llevan sus sortijas y de repente lo que iba a ser una vuelta, se convierten en dos o en tres.

Sus inicios se remontan al 29 de marzo de 1986, hace ya 33 años. “Empecé porque necesitaba otro ingreso, tenía trabajo, pero no ganaba mucho porque en mi puesto no había chances de progresar”, recordó Alberto. Pero con el transcurso de los días se dio cuenta que su verdadera vocación estaba cerca de los nenes: “Los chicos me atraen mucho, la pureza que tienen no se compara con nada”. Y el afecto es mutuo, hay abrazos a cada rato.

A PULMÓN. El vecino de 64 años indicó que fue él mismo quien colocó la calesita en la plaza, ubicada en la intersección de las calles Cerrito y Balcarce, ya que el espacio se encontraba en desuso hacía mucho tiempo. “Por distintas circunstancias estaba abandonado y parecía un potrero. Hoy se puede utilizar, está en condiciones para que la disfrutemos todos”, amplió.

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Causante de muchas sonrisas en cuatro generaciones de lomenses, el calesitero aseguró que los vecinos lo saludan permanentemente: “Me ven y me dicen que van a traer a su bisnieto, eso no se paga con nada”. Emocionado, añadió: “Esta actividad no es un negocio, es una tarea que me da la posibilidad de relacionarme con los chicos, lo mejor que tiene este mundo”.

“LA CALESITA ES LA VIDA DE LOS NENES, LOS DOMINGOS LA PLAZA SIEMPRE ESTÁ LLENA.”

Sobre los regalos sentimentales que le brindó la vocación en el barrio, apuntó: “He tenido muchos chicos y hasta niños con patologías o discapacidad, que hoy en día sé que no están más. Yo tuve la suerte de hacerlos felices”, explicó Alberto.

El calesitero afirmó que los pequeños van a la plaza para subirse a la calesita sin importar si hace frío o calor: “La mejor época y la de más trabajo es cuando empieza la primavera y hasta el verano, incluso con altas temperaturas”. “Yo siento satisfacción al saber que los chicos son felices cuando vienen a la calesita. Lo manifiestan con abrazos, esos son los indicadores de que estoy cumpliendo con la misión que tengo acá”, sostuvo quien “trabaja” todos los días de la semana, de 15 a 19, con caramelos de regalo.

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Ël mismo instaló la calesita en lo que era un potrero.

La vuelta en la calesita cuesta $20 y se usa para solventar los gastos de la boleta de electricidad. Hay diversas promociones, ya que al comprar giros adicionales termina saliendo más barato. También vende pochoclos, golosinas y gaseosas.

DICEN POR AHÍ. Sandra Amado, vecina de Alberto, y a quien conoce hace 32 años, aseguró que él es muy querido por los chicos: “Siempre se dedicó a lo mismo, es muy buena persona. Le llevé a mis seis hijos”.

El mismo cariño se notó en las palabras de Angel Savino, zapatero de 90 años, quien expresó: “La calesita es la vida de los nenes, los domingos la plaza siempre está llena”.