Más allá de cualquier snobismo que pueda suscitar, el veganismo se configura hoy como un tema que despierta interés entre la gente que se plantea una cambio en su alimentación, y en efecto, un cambio en su vida.

Qué implica el veganismo: no alimentarse de productos de origen animal, y en un sentido ético, estar en armonía con la naturaleza. Y luego, hay distintas vertientes más y menos ortodoxas: vegetarianos -que comen sólo verduras, pero también queso o algún derivado animal- o crudistas -veganos ortodoxos, que sólo comen crudo-, entre otros.

Hay algo ineludible, “uno es lo que come”, y una buena alimentación y una vida sana  previene casi todas las enfermedades. Pero, ¿cómo decir no a un asado?, eso que está tan arraigado a la cultura, al igual que todos los productos industriales, de fácil y rápido consumo, tan deliciosos.

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La producción ganadera genera el 80% de los gases que deterioran la capa de ozono.
La producción ganadera genera el 80% de los gases que deterioran la capa de ozono.

Aunque suene fuerte, los veganos hablan de cuatro “venenos blancos”: el azúcar, la harina de trigo, la sal y la leche. Y está comprobado por nutricionistas que la carne exige un trabajo de muchísimas horas para su digestión, que la leche tiene ácidos que perjudican al estómago, y que sólo debe ser consumida en la etapa de crecimiento.

Pero hay algo más profundo y filosófico. Un cambio en torno a algo tan fundamental y básico como la estructura alimentaria puede generar cambios en niveles sociales, económicos y culturales. Dejar el consumo industrial y tender hacia lo orgánico es también luchar contra las grandes corporaciones, Monsanto, McDonalds, y la forma de producción industrial. Es ir contra los mataderos, contra las plantas procesadoras de pollos, pero también contra toda la maquinaria que lo moviliza.

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Pero también es dejar de pensar en el dominio de la naturaleza en pos del hombre, para vivir en armonía con ella.

La producción ganadera genera el 80% de los gases que deterioran la capa de ozono, y sin dudas, la deforestación de los bosques y la explotación de las montañas en torno a la industria minera genera daños irreparables para el planeta, que se manifiesta a través de tsunamis, sismos, terremotos e inundaciones, entre otras catástrofes.

¿VEGANISMO FORZADO? Claro que la verdadera transformación siempre llegará desde la acción política, pero los cambios culturales son pilares fundamentales donde se manifiesta la efervescencia social, donde se palpa la constante ebullición que teje las relaciones de poder en puja. En efecto, un informe de la agencia británica Reuteres señala que a causa de la crisis que atraviesa la Argentina, cada vez se consume “menos carne” y es reemplazada por “más fideos y arroz”.

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“La carne es cada vez más rara en las mesas de los argentinos de clase media a medida que la espiral inflacionaria se profundiza”, indica Reuters y advierte que “aunque el consumo de carne ha ido bajando muy lentamente en la Argentina en los últimos 60 años, siempre permanecieron entre los más carnívoros del mundo. Pero en septiembre pasado la Cámara de Industria y Comercio de Carnes y derivados de la República Argentina (Ciccra) reveló una nueva realidad: el consumo cayó a un promedio de 49 kilos por persona por año”, dispara el informe.

Así todo, aún estoy lejos de decirle NO a una milanga napo con fritas.