Hay un minúsculo grupo de alumnos que no pasa desapercibido por que se empecina en cada oportunidad en la que el docente explica un tema en, largo bufido mediante, preguntar sistemáticamente “¿y esto pa´ qué sirve?”.

Esta pregunta la repiten una y otra vez y casi de la misma forma y con el mismo gesto, con un ceño fruncido incluido y hasta con cara de pocos amigos.

A pesar de que cada vez que insiste con su pregunta retórica, el docente a cargo le explicara pacientemente las utilidades de ese contenido, que puede ir desde enriquecer la cultura general hasta colaborar para adquirir un razonamiento lógico o la capacidad de abstraer, este tipo de alumno asentirá con la cabeza por una cuestión de respeto, pero no estará nada convencido para sus adentros sobre la respuesta obtenida.

Su semblante indicará que uno lo logró convencer, pero es sabido que sigue persuadido de que el tema que se tratará en la clase no tendrá utilidad alguna en toda su vida. Entonces, lanzará su recurrente interrogativa en una clase en la que trate sobre la irrupción del Modelo Agroexportador en la Argentina o sobre cualquier tema involucrado con la Historia.

También manifestará su preguntita obligada en otra ocasión en la que se abunde sobre el análisis sintáctico de las oraciones subordinadas y hasta en otra sobre el sistema respiratorio en los seres humanos, en especial si se toca el tema de los alveolos pulmonares.

Sin estar convencido de que los contenidos que le ofrecen tienen alguna utilidad y resignados a esta realidad cruel que lo oprime, estos alumnos cumplirán de todos modos con lo que se les pide, casi con resignación.

Un alumno de este grupo se leerá de pe a pa el “Lazarillo de Tormes” y hasta brillará en un examen oral sobre este antiguo libro de la literatura castellana, pero convencido que su esfuerzo fue en vano en miras al futuro próximo y lejano. Aunque se saque un 10, casi no se alegrará porque no sirve para nada lo aprendido y esa calificación no se saborea como corresponde.

Además, estos preguntones monotemáticos no son malos alumnos e incluso pueden obtener excelentes calificaciones que los lleven a portar la insignia patria durante los actos, pero sin abandonar el ceño fruncido en el que se adivina que tienen a flor de labios su insistente pregunta. Esa preguntita ya forma parte de su ADN y es una empresa imposible extirparla de su vocabulario frecuente.