Existe una especie de alumno que está presente en todas las clases de Argentina: el vago, por definir de una manera simpática y perdonando un rótulo aún más fuerte.

Sólo los estudiantes saben lo difícil que es estudiar, pero jamás en la vida nadie sentirá lo mismo que un estudiante vago, una sensación que sólo el experimenta.

Son esos que a pesar de que el mundo está en su contra, se esfuerzan, luchan por combatir su propia naturaleza todos los días y se comprometen a estudiar, a pesar de que nunca quieren hacerlo. La vagancia les gana ese desafío.

Los integrantes de esta categoría, los hay en ambos sexos y en todos lo

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s niveles educativos, no tienen mala conducta y tampoco son líderes negativos que quieren arrastrar a la vagancia a los demás, lo suyo es sólo el culto sacrílego a la holgazanería y a otra cosa.

Además, son identificables al  golpe de vista porque su postura comunica vagancia por los cuatro costados, por eso se los identifica por estar desparramados en su banco, algo desaliñados, con un aspecto de somnolencia permanente y hasta porque arrastran pesadamente los pies al caminar.

El vago, por su naturaleza, no querrá participar de una actividad en grupo, será el último en entregar un trabajo práctico, y nunca se ofrecerá como voluntario para una labor y mucho menos tomará la iniciativa en la clase.

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Estos simpáticos personajes ante la recriminación del docente aceptan su condición con resignación. “Uy, me olvidé”, “No sabía que era para hoy”, “La próxima clase lo traigo” o simplemente con el código gestual de achicarse de hombros.

Para un docente, dictar clases y captar la atención de los perezosos es más fácil cuando los alumnos están motivados, el punto es que lleguen a esa motivación.

Ofrecerles opciones para que participen y se sientan incorporados a las clases. De esta forma se sentirán que tienen poder y control y los hará sentir mejor. Puede incorporar proyectos o temas que sean de su interés, incluso si no forman parte de las clases regulares, todo sea para que aflojen con la holgazanería. Puede ser efectivo pedirles que trabajen juntos. De esta forma, incluso los más perezosos, se sentirán motivados a participar de proyectos.

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Aunque parezca un milagro, el vago también se despabila cuando las papas queman. Cuando se necesita un 10 para no llevarse la materia o en la propia mesa de examen, el vago sale de su hibernación y da la sorpresa.