Si hay un sector golpeado por esta cuarentena sin dudas es el comercio. Duele y preocupa ver a los negocios con las persianas bajas, escuchar a los empresarios reclamar asistencia del Estado para que las cuentas cierren y a los empleados sin certezas sobre el cobro de sus salarios. Sin dudas que una pandemia como el Coronavirus requiere un esfuerzo de todos pero, para muchos, el sacrificio parece ser demasiado.

Bares, boliches, cafés van a ser de las últimas actividades en retomar su ritmo habitual. No sólo por la extensión de las medidas de aislamiento que pueda decidir el Gobierno, sino por los reparos que la gente pueda tener a acudir a establecimientos públicos de ese tipo una vez que se flexibilicen las medidas.

El centro de Lomas de Zamora es sin dudas uno de los polos comerciales más importantes en el sur del Conurbano, con cientos de negocios sobre Laprida, Boedo y las calles aledañas. La zona gastronómica se movió hace unos años para el lado de Las Lomitas: desde locales históricos, como café París, hasta cadenas internacionales como Starbucks, en la zona podemos encontrar locales para todos los gustos.

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Sin embargo, hace poco más de un siglo, el punto de encuentro más famoso del barrio se llamaba El Trípoli y quedaba del otro lado de Hipólito Yrigoyen, en la esquina de San Martín y Castelli. Al café se entraba por la ochava a un gran salón en el que estaban las mesas y dos billares. Había un lugar reservado para los habitués y en el patio había dos canchas de bochas, justo abajo de unos árboles.

Aunque no era el dueño, quien gerenteaba el espacio se llamaba Fermín Alfaro. Era un gran jugador de pelota a paleta y tenía pocas pulgas: no dudaba en sacar a patadas a cualquiera que se pasara de la raya. Y lo hacía seguido...

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Es que, si bien la gran mayoría de los clientes de El Trípoli eran vecinos que disfrutaban de pasar el rato junto a amigos jugando al billar, a las bochas, al sapo o al pase inglés, el lugar también era conocido por ser una referencia para personajes un tanto problemáticos. Muchos de los asistentes eran conocidos guapos de época, que andaban bastante al margen de la ley, tomaban alcohol y se iban a las manos con frecuencia.

A fines de la década del 20, las cosas se empezaron a poner feas de verdad y El Trípoli empezó su decadencia. Todo se desmadró en mayo de 1928, cuando el café fue escenario de un doble crimen: dos hermanos fueron asesinados a sangre fría por un hombre, según se supo, por cuestiones de mujeres. Aquel hecho, sumado a otra brutal pelea ocurrida meses después entre un policía y un cliente, marcó el principio del fin del Trípoli.