Se viene la mesa de examen, un clásico del sistema educativo que tiene sus propios códigos y dejan anécdotas por doquier que pueden colmar las páginas de un libro.

En las mesas de examen hay de todo y casi reflejan las situaciones de la vida cotidiana, como si fueran una sociedad en miniatura y con el calor agobiante del verano que se asoma. Los docentes que están en las mesas, de diciembre o de febrero, se topan con situaciones extrañas, pero que a esta altura del partido ya no asustan a nadie, incluso con las situaciones más disparatadas que se les pueda ocurrir.

Están aquellos alumnos que no hicieron nada de nada durante el año, salvo hacer de las suyas a sol y a sombra, y que en la mesa de examen de diciembre son brillantes, a la par de los mejores compañeros en esa materia.

Por lo general reciben como llamado de atención un “si te hubieras esforzado un poco, no estarías acá” y cuya respuesta sólo es una tímida encogida de hombros.

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Igualmente, suelen repetir la acción de tirarse a chantas durante el año y apelar a su capacidad para estudiar todo el programa en unos días.

También están aquellos que van se tiran a la pileta, a pesar que saben que sus chances son prácticamente nulas por no haber estudiado ni cinco minutos.

Sin ponerse colorados, responden mal cada una de las preguntas o casi entregan en blanco si la evaluación es escrita y luego del bochazo se van para su casa como si nada hubiera pasado, resignados al piletazo fallido.

Además, están otros a los que una materia en particular les cuesta más que las otras, porque todos los mortales tenemos nuestro talón de Aquiles al fin y al cabo.

No está mal premiar el esfuerzo y la evolución con un justiciero aprobado en la libreta y que se puedan ir tranquilos con el sabor del deber cumplido. No está nada mal premiar al que se quemó las pestañas.

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De vez en cuando caen con un paracaídas desde el firmamento algunos alumnos remolones a los que les falta aprobar esa materia que dejaron colgada por un par de años y que ahora les cayó la ficha que necesitan el título secundario para salir a la vida de una buena vez.

Estos estudiantes, algunos ya veinteañeros, ya vienen bien preparados y ya no les da la cara presentarse ante la mesa sin haber estudiado a conciencia.

Como si fuera la Estación de Lomas en hora pico, por las mesas de examen pasa mucha gente y muy distinta entre sí, pero muy distinta, casi que no parecen de la misma especie.