En días de Mundial, se me ocurrió contarles la historia de una persona que llevó a nuestro país a todos los rincones del planeta. Lo curioso es que no fue deportista y ni siquiera es seguro que haya nacido en nuestro país. Les hablo de Carlos Gardel. Y, claro, de su recuerdo en Lomas de Zamora, donde dio tres recitales memorables y tenía miles de fanáticos.

El zorzal criollo se presentó por primera vez en nuestra ciudad a mediados de 1914, cuando su carrera recién empezaba a tomar vuelo. Fue en el café de Marchetti, por entonces punto de reunión de payadores y cantores. El Morocho del Abasto llegó de sorpresa una noche antes del inicio de la Primera Guerra Mundial. Venía al bardo, como tantos otros tangueros: luego de cantar algunas canciones, uno de sus acompañantes pasaba el platito o se rifaba una botella de licor. Bien de guapo, bien de barrio.

Su segunda y tercera presentación en nuestro partido fueron a mediados de 1923, cuando él ya era todo un consagrado del tango. Primero actuó en un festival que se hizo en el teatro Español y fue organizado por el Club Atlético Los Andes. Sin embargo, quien llevó adelante las gestiones para que Gardel llegara al sur del Gran Buenos Aires fue el doctor Roberto Baliña (sí, el de la calle), su amigo y compañero de truco en las inolvidables noches del stud de Maschio. Según cuentan, aquella noche Horacio Palacios esperó a Gardel a la salida del cine Empire de Corrientes y Maipú, en la Ciudad de Buenos Aires, y los trajo a él y a sus guitarristas hasta el Teatro Español. No se crean que el zorzal pedía demasiado para venir a tocar a Lomas: apenas cobró 40 pesos por su presentación.

Aquella noche, Gardel tuvo un gesto que todos recordaron por años: al ver a decenas de chicos que se quedaban sin poder entrar en el hall del teatro por falta de entradas o de dinero para pagarlas, el ídolo les pidió a las autoridades del lugar que los dejaran pasar gratis. Desde allí se fue directo al teatro Coliseo, donde también hubo un lleno total pese a ser una noche de tormenta. En aquella oportunidad lo acompañaron los músicos Riverol, Barbieri y Aguilar.

Aguilar fue, justamente, el único sobreviviente de la tragedia aérea de Medellín, en la que el zorzal criollo perdió la vida. Ocurrió el 24 de junio de 1935, cuando se cayó el avión en el que Gardel viajaba junto a sus músicos durante una gira por Colombia. Su muerte, de la que días atrás se cumplieron 83 años, se sintió en todo el mundo, pero mucho más en nuestro país, donde sus tangos eran himnos que sonaban en todas las esquinas. ¿Que era uruguayo? ¿Francés? Poco importa. Lo que crece es su leyenda, porque cada día canta mejor.

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