Si los alumnos del último año de la secundaria suelen estar en otra (si se permite la expresión) esto se eleva a la enésima potencia cuando están en las vísperas del tan ansiado viaje de egresados a Bariloche y este fenómeno se repite cuando regresan.

La ansiedad por el viaje a Bariloche se empieza a acumular desde que están en Salita Amarilla y se recarga con los años, en especial en los meses previos a arrancar la travesía, donde la cosa se pone realmente intensa.

La energía adolescente se despliega al máximo cuando la cuenta regresiva ya arrancó y es imposible detenerla, casi no se toca otro tema, como si no existiera nada más en este mundo. Las charlas previas se repiten sobre los boliches que conocerán, las excursiones y hasta sobre la indumentaria con la se protegerán del frío patagónico.

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Hasta que un día llega el momento de la partida y la palabra Bariloche deja por fin de retumbar en los oídos de los que están adentro de la escuela.

Luego de unos días de calma, los chicos vuelven de su ansiado viaje y la cuestión monotemática vuelve a escucharse. Entonces, cabe la pregunta interna sobre si fue peor la previa o lo que vendrá.

El docente, como corresponde, debe preguntarles cómo les fue, pero esa pregunta de rigor se transforma en un torbellino de respuestas al unísono que es casi imposible de ordenar y de controlar, pero esa euforia asegura al menos un muy bien como respuesta.

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Entonces, un día regresan al aula con todas las intenciones de seguir hablando de Bariló y con nada de ganas de tener que bancarse una clase convencional, cuando hace pocas horas estaban en plena guerra de bolas de nieve.

Los más hábiles les relatan minuciosamente a los profesores cada detalle de las excursiones, la música que pasaban en los boliches, el menú del hotel y hasta describen el souvenir de un muñequito de nieve que le compraron a la abuelita, como si se tratara del “David” de Miguel Ángel.

Al margen de este hecho menor, las comidillas del viaje, el recuerdo de anécdotas, las cargadas (sanas y no tanto) y, por supuesto, los amoríos, hacen que hasta los mejores alumnos no paren ni un segundo de parlotear entre sí.

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Aún con un pie en el micro, con las ojeras que evidencian que todavía no recuperaron las horas de sueño perdidas, estar al frente de una clase e intentar ejercer la docencia es complicado, pero con oficio, todo se puede.