Mientras dure la cuarentena la idea es quedarnos en casa. Pero quienes tienen la necesidad de salir –ya sea por ser considerado un trabajador “esencial”, para hacer algún trámite o por alguna urgencia– y no poseen un vehículo propio, igual cuentan con un abanico de posibilidades: trenes, colectivos, remises, combis, Uber siguen funcionando en mayor o menor medida, aunque con estrictos protocolos para mantener el distanciamiento social.

Aunque hoy suene raro escucharlo, décadas atrás existía en Lomas de Zamora otra opción, una que los vecinos de más edad quizás recuerden: el tranvía. Yo, que ya pasé los 50, todavía guardo a los viejos rieles en mi memoria. Y me encantaría compartirles su historia.

A principios de 1866, cuando el partido Lomas era un “recién nacido”, se inauguró un tranvía a caballo que iba de Constitución a Barracas. Unos años después, la compañía, de capitales ingleses, habilitó el servicio los domingos y feriados, llegando hasta nuestra zona. Fue necesario entonces tender nuevas vías para unir Lomas con Temperley, Banfield con Villa Albertina, Temperley con Villa Sastre e Hipódromo de Temperley con Puente Francia, entre otros.

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Cuentan los libros que en 1906 el tranvía eléctrico reemplazó al de tracción a sangre. Aquellos coches eran de color granate y hacían un recorrido entre Plaza de Mayo y Temperley. En nuestra ciudad pasaba por la avenida Hipólito Yrigoyen, Rodríguez Peña, Leandro N. Alem, Boedo, Carlos Pellegrini, Meeks y la estación de Temperley. Al regreso iba por Meeks, Laprida, Alem, French y de nuevo Yrigoyen, siguiendo por los Talleres de Remedios de Escalada, Lanús, La Mosca, Gerli, Piñeiro y Avellaneda.

Aunque completaba casi el mismo trayecto que el ferrocarril, el tranvía no era una opción para los apurados que iban a trabajar a Capital, porque tardaba el doble de tiempo: 1 hora y 20 versus los 40 minutos del tren. Sin embargo, los vecinos igual lo usaban mucho para moverse en distancias cortas, como hoy usamos el colectivo. El querido bondi, claro, recién empezó a circular en 1924.

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La aparición del ómnibus significó un fuerte golpe para el servicio del tranvía, ya que la gente dejó de usarlo. El tiro de gracia ocurrió en la mañana del 12 de julio de 1930, cuando un coche sufrió un desperfecto y cayó al Riachuelo con 56 pasajeros a bordo. Sólo cuatro personas sobrevivieron a la tragedia, que causó una conmoción sin precedentes para la época.

Estos dos factores, sumados al desarrollo cada vez más imparable del ferrocarril, le fueron quitando atractivo y el viejo tranvía fue perdiendo pasajeros. El cierre definitivo llegó en 1948, cuando se levantaron las vías de la avenida Pavón para su pavimentación definitiva. Muchas otras vías, incrustadas en nuestras calles empedradas, siguieron visibles hasta fines de la década del 60, principios del 70, cuando quedaron tapadas por nuevas capas de asfalto. Y hoy siguen escondidas ahí abajo...