La vida de las ciudades está determinada en gran parte por la voluntad de quienes deciden armar allí su vida y desarrollar proyectos en ese lugar. Pero vivimos en sociedad y por ello también existen hechos -muchas veces- fortuitos, circunstancias que modifican el rumbo de las cosas hacia destinos inesperados y terminan marcando el destino de mucha gente para siempre.

Pueden ser políticos, económicos, climáticos… Lamentablemente, mal que nos pese, esas circunstancias suelen ser dolorosas para mucha gente. Pero si en algún momento no hubiera ocurrido lo que hoy les vengo a contar, probablemente pocos de nosotros estaríamos hoy acá, en Lomas de Zamora.

La columna de este domingo es sobre la epidemia de fiebre amarilla que golpeó a Buenos Aires a fines del siglo XIX y que afectó para siempre a nuestra ciudad.

El virus atacó con mayor potencia entre los años 1868 y 1871. El área afectada fue en gran parte la ciudad de Buenos Aires, con más de 20.000 víctimas fatales sobre un total de 180.000 habitantes. Fue gravísimo. Las cifras hablan por sí solas: más del 10% de la población total de la Capital -especialmente los del sur- perdió la vida en esos años a raíz de la fiebre amarilla. Como era de esperar, la enfermedad creó pánico en la gente. Quienes tenían los recursos económicos suficientes para mudarse escaparon hacia las afueras de la Ciudad, lo que generó un gran cambio social y cultural en toda la Provincia.

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Aunque hubo algunos casos aislados, la peste no estuvo ni cerca de afectar a los lomenses al nivel que lo hizo a en Capital. Fue por eso que Lomas sirvió como refugio para muchas familias porteñas que eligieron los suburbios no costeros de Buenos Aires para rearmar su vida a corto o largo plazo.

Van algunos datos: el censo nacional de 1869 daba para la Ciudad de la Paz (así se conocía a Lomas en ese entonces) un total de 1.723 habitantes. Poco más de 10 años más tarde, en el censo provincial de 1881, la cifra ascendía a 4.299, de los cuales un 35% eran extranjeros (mayoritariamente italianos y españoles).

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Como en esa época no había hospital ni médicos en el barrio y las condiciones sanitarias estaban lejos de ser las ideales, en la administración municipal de Francisco Portela tomaron algunas medidas preventivas contra la peste, como cerrar provisoriamente el turno tarde en las dos únicas escuelas del pueblo. Tanto preocupaba la epidemia a las autoridades, que durante unos meses se llegó hasta a prohibir el ingreso de enfermos al partido, salvo que fueron vecinos. De los datos recopilados entre 1870 y 1872 se sabe que en Ciudad de la Paz murieron sólo 32 personas por casos de fiebre amarilla.