América latina es una tierra rica en leyendas y según cuenta una de ellas, transmitida por la tradición oral, la flor del ceibo nació cuando fue condenada a morir en la hoguera la indiecita Anahí, que conocía todos los rincones de la espesura, todos los pájaros que la poblaban, todas las flores.

Según cuenta la leyenda, a pesar de que hay otras variantes, en las riberas del Paraná, vivía una indiecita fea, poco agraciada, llamada Anahí. En las tardecitas del sofocante calor del Litoral deleitaba a toda la gente de su tribu guaraní con sus canciones inspiradas en sus dioses y el amor a la tierra de la que eran dueños. La belleza de Anahí radicaba en su canto.

Como en otros tantos puntos de América, llegaron los invasores, atrevidos y aguerridos hombres de piel blanca, que arrasaron las tribus y les arrebataron las tierras, sus costumbres y su libertad, claro.

Anahí fue llevada cautiva junto con otros pobladores de su tribu. Durante esta reclusión,  pasó muchos días llorando y otras tantas noches en vigilia.

Todo cambió cuando un día en que el sueño derrotó a su centinela, la indiecita logró darse a la fuga. El plan no fue perfecto y el centinela despertó, y Anahí para lograr su objetivo, le clavó un  puñal en el pecho de su carcelero, escapando raudamente en la espesura de la selva.

Los gimoteos del agonizante carcelero, alertaron a los otros españoles, que salieron en una persecución de la pobre Anahí. Finalmente, la agotada joven fue recapturada por los conquistadores, sedientos de venganza por el mortal ataque al carcelero, le impusieron como castigo la muerte en la hoguera.

Y la sentencia se cumplió. La indiecita fue atada a un árbol de anchas hojas y a sus pies apilaron leña, a la que dieron fuego. Las llamas subieron rápidamente envolviendo el tronco del árbol y el frágil cuerpo de Anahí, que pareció también una roja llamarada.

Ante el asombro de los que contemplaban la escena, Anahí comenzó de pronto a cantar. Era como una invocación a su selva, a su tierra, a la que entregaba su corazón antes de morir. Entonces, cuando el fuego comenzó a subir, Anahí se fue convirtiendo en árbol, identificándose con la planta en un asombroso milagro.

Al siguiente amanecer, los soldados se encontraron ante el espectáculo de un hermoso árbol de verdes hojas relucientes, y flores rojas aterciopeladas, que se mostraba en todo su esplendor, como el símbolo de valentía y fortaleza ante el sufrimiento.

La flor del Ceibo, también denominada seibo, seíbo o bucaré, fue declarada Flor Nacional Argentina por Decreto del Poder Ejecutivo de la Nación Nº 138474/42 (1942).

Para dicha designación, el Ministerio de Agricultura conformó una comisión especial que determinó que esa flor debía ser la elegida, en 1942.

Desde aquella fecha, cada 22 de noviembre es el Día de la Flor Nacional, la flor del ceibo.