Hace unos días empezó a correr el rumor. A 100 años del nacimiento de Eva Duarte de Perón, la CGT hizo oficial el pedido: “Evita Santa del Pueblo”. Así se tituló el documento que la central obrera usó como punto de partida para la campaña de beatificación de Evita. Más allá de cómo termine la historia, lo cierto es que Argentina cuenta por ahora con sólo tres santos: Nazaria Ignacia March, José Gabriel del Rosario Brochero y Héctor Valdivielso Sáez. Hay además 13 beatos, entre los que se encuentra Ceferino Namuncurá.

Si bien en la historia de Lomas no tuvimos ninguna figura de esa talla, sí vivió aquí una mujer que en su momento fue tan popular como controversial y misteriosa. Se trata de María Salomé Loredo de Subiza, más conocida como la madre María de Temperley, a quien de ninguna forma pretendo comparar con Evita. Pero, para muchos de sus fieles, ella también fue una santa. Para algunos también fue una curandera y para otros, lisa y llanamente una embaucadora.

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La historia de María Salomé comienza en Castilla la Vieja, España, el 22 de octubre de 1855. Cuando llegó a Argentina, a los 14 años, se radicó en Saladillo. Se cree que fue un curandero de la zona quien la inició en esas prácticas luego de haberla sanado de un gravísimo mal que padecía. A la muerte del manosanta, Loredo continuó su obra diciendo que las personas debían sobreponerse a los dolores para así “templar su alma”.

Terminó mudándose unos años más tarde a Temperley. A su casa de la avenida 9 de Julio 750 llegaban fieles de todos los rincones del país, incluso de Uruguay y Paraguay. Para esa época ya todos la llamaban Madre María y muchos la trataban como una santa. Ella aclaraba que no curaba, sino que era la fe la que en realidad aliviaba las dolencias de sus “pacientes”. Al hablar con sus devotos acostumbraba a ponerles una mano sobre la cabeza, diciendo: “Dios y la madre te van a aliviar”.

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Tal era su popularidad que la capacidad de alojamiento en Temperley se veía sobrepasada con frecuencia. Alrededor de su casa había puestos de flores, venta de medallas, estampitas y toda la liturgia de su supuesta gracia. Loredo tuvo problemas con la Policía y la Justicia, pero es innegable que el pueblo siempre estuvo de su lado: para su velatorio llegaron a Temperley más de 10 mil personas. Hasta Hipólito Yrigoyen, quien estaba por asumir su segunda presidencia, se dio una vuelta.