El mero hecho de haber terminado la cursada regular en la secundaria, tal como ocurre en la educación superior y otras instancias, no implica tener el diploma bajo el brazo o colgado en alguna pared.

Por este motivo es que en las mesas de examen de diciembre, además de los alumnos que uno tuvo durante el año, aparecen algunos relegados a los que a veces hasta cuesta reconocer.

Estos estudiantes, ya veinteañeros, llegan a rendir las materias que les quedaron colgadas porque (mejor tarde que nunca) se enteraron necesitan el título, ese bendito título secundario que no hay que desmerecerlo en lo más mínimo.

Lógico que para conseguir un trabajo formal o para inscribirse en alguna carrera universitaria o terciaria se necesita ese ansiado título, del que se habían olvidado por un tiempo.

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La situación no es del todo feliz porque el contraste de edad es notorio al llevarle casi una década a los más gurrumines que también están en la mesa de examen.

Vueltas del destino, hasta se cruzan con un excompañero de clase de esa misma escuela que ya se pasó al bando de los preceptores, de los profes o hasta incluso de los directivos.

Retomar o leer por primera vez un libro o los ya amarillentos apuntes de química después de más de una década no es una tarea sencilla y memorizar una fórmula sobre cómo se logra una sal parece una misión imposible de conseguir.

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Esa actitud rutinaria del estudio se pierde y también aumentan los nervios de enfrentar una mesa de examen después de tanto tiempo.

Son situaciones en la que hay demasiado que perder y comerse un bochazo para volver en febrero, es un mazazo difícil de digerir y que arrastra una gran frustración.

Mientras que el éxito en el examen se reduce a cumplir con una tarea pendiente y muy atrasada, que sólo sirve para ponerse al día y no mucho más.

Puede que la misericordia docente aflore en la mesa de examen y se le tienda una mano a ese alumno remolón al que le urge el título del secundario para su vida cotidiana.

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Además, sabemos de que ya no va a lograr el Nobel de Química como Luis Federico Leloir y que su destino es otro: quiere seguir Ciencias Económicas y espera aprobar para notarse.

Entonces, nada mejor que se vaya con ese anhelado 4 y el título, claro.