El finde largo que pasó, el barrio fue una fiesta. Aquí en Lomas y en todo el país, la gente salió a festejar el carnaval. Seguramente habrán escuchado el sonido de los corsos a la distancia o se habrán cruzado a un grupo de pibes jugando a la guerra de bombuchas y tirando espuma para todos lados. Se trata de una celebraciones de las más típicas y populares, con una rica historia en nuestro distrito. ¿La conocen? Veamos...

Aunque el carnaval en Lomas se viene festejando desde los inicios del partido, fue durante las décadas del 30 y del 40 del siglo pasado cuando vivió su verdadera época de gloria. En aquellos años, nuestros corsos habían ganado fama en la región y eran una atracción espectacular para gente de todas las edades que buscaba un lugar para escuchar música, disfrazarse y ver coloridos desfiles.

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Los festejos arrancaban entonces en la estación, avanzando por la calle Laprida hasta Necochea (actual Hipólito Yrigoyen), luego doblando por Gorriti para tomar la otra mano y seguir otra vez por la avenida hasta Portela. Los palcos estaban instalados en el medio de la calzada y eran ocupados en su mayoría por las familias lomenses de mejor pasar económico. A pesar del calor, todos se vestían con elegancia y arriesgaban sus trajes por los pomos y las serpentinas que los demás asistentes tiraban desde las veredas y los carruajes.

Las máscaras, murgas y comparsas llamaban la atención por su increíble despliegue. Muchas veces respondían a significados regionales, ya sea por el lugar de nacimiento de sus integrantes o como un reconocimiento hacia ese terruño que homenajeaban con trajes, cantos y música. Se recuerda especialmente a los “Hijos de don Giacumín”, formada por descendientes de italianos. También brillaba “Que salga el toro”, cuyos integrantes vestían de torero; o la que llevaba por nombre “Los culinarios”, que imitaba con su vestimenta de los cocineros franceses, con grandes gorros blancos y sus delantales inmaculados.

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La mayor atracción del corso local eran las carrozas: los coches de plaza con capota baja eran los más aplaudidos, ya que permitían formar cadenas de serpentinas entre dos que se seguían, uno detrás del otro. Luego de los corsos, los que todavía seguían con energía se iban a bailar a los salones ubicados en el cine Español, en el Estrella de Banfield o en el club Los Andes.

Aunque los festejos hoy sean diferentes, el espíritu del carnaval sigue vivo y se siente en el barrio. ¡Hasta la semana que viene!