A esta altura del partido y del calendario escolar, los alumnos del último año de Secundaria son algo así como los amos y señores de la institución: falta que tengan la llave y cartón lleno.

A sabiendas de su inminente partida y del egreso a la vuelta de la esquina, estas chicas y estos muchachos pierden todo decoro (algunos nunca lo tuvieron) y hacen de las suyas como nadie. Entre nos: ya no les importa nada.

Ante esta autoimpunidad y hasta con cierta permisividad que le dan los años dentro del colegio, algunos improvisarán ruidosas batucadas, como si estuvieran en Río de Janeiro en pleno carnaval, por los pasillos de la escuela, incluso con algunas rimas en clave picaresca y no aptas para pudorosos.

Leé también:  ¡Queremos vacaciones!

Mientras tanto, otros grupos armarán algunas coreos en el patio durante los recreos al ritmo de las canciones de moda, aunque con una desafinación constante y con un notorio desacople en los pasos, que nadie notará.

También se animarán a un trato confianzudo con los profes y hasta con las autoridades, incluso hasta llegar al tuteo con un directora férrea, la que siempre marcó una distancia prudencial en su contacto con los alumnos.

Además, pedirán una y otra vez un rato (y otro rato más) de la clase para terminar de ultimar detalles de la esperada fiesta de fin de año y de las múltiples despedidas que habrá en cuanto boliche les ofrezca estos servicios para seguir de parranda.

Leé también:  La historia del Día del Maestro

Por supuesto estarán retratándose todo el tiempo con sus celus para que les queden esas instantáneas como recuerdo junto a sus compañeros, al margen de numerosas selfies en cada rincón del colegio. Y les pedirán a los profes, preceptores, autoridades, buffeteros, auxiliares y demás posar con ellos para seguir acumulando imágenes y videos en numerosos sus álbumes virtuales.

Incluso estarán todo el tiempo con banderas gigantescas, de escasa higiene, con los nombres de todos los integrantes de la clase y con algunos dibujos de sus personajes y grupos preferidos, al margen de ilustraciones non santas.

La verdad es que son un verdadero plomo y este bullicio contagia a los alumnos de los demás cursos que se prenden sin dudar a la algarabía desatada por los del último año, como prólogo de lo que harán cuando les toque a ellos comandar ese terrible bolonqui.

Leé también:  De preceptoras y preceptores

De todos modos, ya se van de una buena vez para no volver, pero seguro un poco se los va a extrañar el año próximo, ¿o no?