“Las despedidas son de esos dolores dulces”, canta Los Redondos en “Gualicho”, una de sus tantas canciones, y medio que dan en el clavo con esa frase.

Para los inminentes egresados la cosa es un poco así y también esta pronta despedida genera algunos cambios en sus respectivas conductas, un hecho que se repite de generación en generación.

La proximidad del fin de año escolar genera un efecto revulsivo en los alumnos, ya sea porque quieren que terminen las clases de una buena vez o por el estrés del cierre de las calificaciones.

Quizá el calor comienza a hacer de las suyas o la planificación de lo que se les vendrá en breve, pero en los alumnos de 5° año, en realidad de 6° con el nuevo sistema, la conducta descontrolada se eleva la enésima potencia.

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Como un trabajador al borde de la jubilación luego de haber trabajado toda su vida o un deportista orillando un postergado retiro, los chicos del último año de la secundaria ya se sienten amos y señores de la institución y se toman todo tipo de atribuciones propias del que ya se va de un lugar que le fue propio por años y al que abandonarán para siempre.

Hasta aquellos de conducta intachable y de elevadas calificaciones son presa de la euforia generalizada y se prenden a cánticos de murga, con rimas soeces y obscenas incluidas, en medio del patio para ser la música de fondo de cada recreo.

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Ni hablar de los del grupito del fondo (¡sí, Fernández & cía!) que no vacilarán en tutear y tratar confianzudamente a la rígida directora de cabellera caoba y hasta convidarla a bailar la conga en pleno salón de actos en medio de una multitudinaria ronda humana, como si estuvieran bajo las palmeras de una playa de una isla caribeña.

Cierto acuerdo tácito hace que los alumnos de cursos inferiores entiendan que tales transgresiones son permitidas sólo a los prontos a egresar y que ellos gozarán de ellas cuando llegue el momento. También profesores, autoridades y preceptores entienden, el privilegio que tienen los inminentes egresados. A pesar de que ya se tornan un tanto plomos con sus rituales y más de uno quiere que terminen ya mismo y de una vez por todas, al punto de que se borren de la vista.

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De todos modos, ambas partes saben que se echarán de menos y hasta se añore a ese alumno que insiste en ser insoportable y los estudiantes también recuerden con cariño a esa férrea docente.

 

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