Hoy se cumplen 100 años del nacimiento del genial escritor que pasó su infancia y adolescencia en este barrio, desde donde se alió para siempre con la literatura.

Cortazar IV

Julio Cortázar pasó su infancia y adolescencia en Banfield, y allí, ese niño enfermizo comenzó a despuntar su pasión por la lectura y la precocidad para la literatura. “Banfield era para un niño un paraíso, porque mi jardín daba a otro jardín. Era mi reino”, resaltó el escritor sobre el barrio donde vivió entre los 4 y los 17 años junto a María Herminia Descotte, su madre, y Ofelia, su única hermana, un año menor que él.
El autor de “Rayuela” nació hace exactamente un siglo en Bruselas, por la actividad diplomática de Julio José, su padre. Como la capital belga estaba sitiada por los alemanes en tiempos en que llegaba el fin de la Primera Guerra Mundial, toda la familia logró pasar a Suiza y luego a Barcelona. “Mi nacimiento fue un producto del turismo y la diplomacia”, recordó en una oportunidad el autor. Finalmente, los Cortázar volvieron a Argentina y el pequeño Julio se instaló en Rodríquez Peña, casi esquina Alvear, cuando Banfield no era la urbe
de hoy día. En ese barrio, el futuro integrante del boom de la literatura latinoamericana descubrió las plumas de Julio Verne y Edgar Allan Poe, y además fue donde escribió, con sólo 8 años, su primera novela.
Esa precocidad literaria generó que un tío del escritor, luego de descubrirle una serie de poemas, desconfiara que fueran de su autoría. Esa casa con fondo, la Escuela Nº10, algunas plazas del barrio y la estación de trenes de Banfield fueron reflejadas en “Bestiario”, “Deshoras”, “Los Venenos”, “Final del juego” y “la Señorita Cora”, entre otros cuentos, lo que deja en claro la huella imborrable de esos años en su vida.
“Mucha servidumbre, excesiva sensibilidad, una tristeza frecuente”, recordó Cortázar sobre la intimidad hogareña de su infancia en la carta a Graciela M. de Sola, París, el 4 de noviembre de 1963.
“Pasé mi infancia en una bruma de duendes, de elfos, con un sentido del espacio y del tiempo diferente al de los demás”, señaló también sobre aquellos años. Cortázar fue un niño enfermizo y pasó mucho tiempo en cama, por lo que la lectura fue su gran aliada. “Mi madre dice que empecé a escribir a los 8 años, con una
novela que guarda celosamente a pesar de mis desesperadas tentativas por quemarla”, señaló en una entrevista.
Un día Julio Cortázar se fue de Banfield y, luego de vivir en otros puntos del país, se radicó definitivamente en París, pero nunca se olvido del todo de su “reino».

El corazón en Julio
Hoy hacen falta más Julios. Hacen falta más hombres que rompan las reglas, que desordenen los capítulos, que dejen
la literalidad de lado y se animen a transformar lo establecido. Julio Cortázar nos dejó textos imborrables. Él se fue pero una parte suya permanece y revive cada vez que alguien lee una de sus inconmensurables obras. Fue capaz de hablar de historia y violencia a través de una casa tomada, de describir una tarde en Banfield con el amor más tierno y terminar ese amor como un jazmín envenenado. A través de sus páginas imaginamos un viaje en colectivo,
un axolotl que era un hombre ¿o un hombre que era un axolotl?, noches enteras en París y hasta instrucciones para dar cuerda a un reloj. Hace 100 años nacía el cronopio que nos haría preguntarnos si somos como él o somos fama.
“Ser cronopio es contrapelo, contraluz, contranovela, contradanza, contratodo, contrabajo, contrafagote, contra y
recontra, cada día contra cada cosa que los demás aceptan y que tienen fuerza de ley”. Él era eso y permanece inmortalizado en cada una de sus palabras.
Es agosto, es cierto, pero hoy tenemos el corazón puesto en Julio.