“Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro”, sentenció en una oportunidad Groucho Marx con su filosísima ironía, en una de sus frases de antología. A pesar de lo ingeniosa de la máxima del genial artista estadounidense, difícilmente esto se haga carne en un adolescente medio y también en los adultos, claro.

Es posible que si un docente realiza una breve encuesta entre sus alumnos y les consulta sobre lo que hicieron la noche anterior en sus momentos de ocio, tenga como respuesta (casi) monopólica que se quedaron prendidos a sus programas favoritos de televisión (y no precisamente en el Canal Encuentro) o pegados al monitor de la computadora, pero más metidos en las redes sociales que en la búsqueda de material relativo a las materias que están cursando ese año.

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Incluso, la pregunta puede abarcar sobre todo lo que han hecho en las vacaciones de invierno, y puede que esas dos semanas los libros hayan quedado fuera del programa de actividades.

También es probable que sólo algunos pocos agarraron un libro, dejando patas para arriba la frase del humorista de frondosos
bigotazos.

Uno de esos escasos que gastaron su vista con la escasa luz del velador levanta la mano, mientras se ufana, detalla minuciosamente el libro que eligió anoche ante la mirada atónita de mayoría. Ya que está, se explaya con una brillante síntesis del libro y hasta con una biografía del autor.

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Otra alumna de coquetos anteojitos, aplicada como pocas y de perfil bajo, acude solidaria a la causa de su compañero de curso. Con su mesurada y clara voz relata con algo de timidez las páginas del volumen que la atrapó por completo y que recién pudo abandonar entrada la madrugada. Incluso, se anima a recomendárselo a los demás y hasta a prestarlo, bajo juramento de una pronta devolución.

De todos modos, además del libro, hay otros vehículos para llegar a determinados saberes y conocimientos, pero el papel impreso aún guarda lo suyo, ese no se qué y creo que lo mantendrá por mucho tiempo.

Son pocos, es cierto, pero sigue habiendo alumnos marxistas en todos los cursos y lo bueno es que son cada día más los que agarran los libros por propia voluntad y no los quieren largan nunca más.

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