El almanaque

En miles de películas americanas clásicas, en especial en las más añejas, se repite la escena de los presos en sus respectivas celdas tachando con satisfacción sobre un calendario escrito en la pared los escasos días que les quedan para recuperar su ansiada libertad y poder volver a las andadas. Sin caer en ese crudo dramatismo carcelario y en la cotidianeidad de un convicto enfundado en un traje a rayas, todos los integrantes que componen el sistema educativo, sin excepción alguna, están haciendo algo parecido a esos reos de la pantalla grande sobre sus propios almanaques, tanto en los reales imantados en la puerta de la heladera o los que son imaginarios. Con noviembre en plena marcha, y con el último mes del año a la vuelta de la esquina, desde las autoridades, pasando por los docentes y llegando a los alumnos, todos (o casi) están con la lengua afuera y con una luz roja que titila en el tablero indicando que quedan sólo las últimas gotas de nafta en el tanque. A pesar de que se mire un calendario, ya sea esos impresos o los que vienen en el celu, queda bastante camino, largo y sinuoso, por recorrer para todos. Los directivos saben que hasta que no se vaya el último profesor o el más rezagado alumno, la faena no está terminada. Tampoco para los docentes, que aún deben cerrar notas, trimestres, además de las mesas de diciembre. Para algunos alumnos, la cosa ya está casi terminada, menos para los que se llevaron un tendal de material a examen, como es de costumbre un año tras otro. No se puede adelantar el almanaque y el tiempo va a seguir su curso normalmente. Ante este cuadro de situación, es mejor tomárselo todo con mucha calma y pedirle el lápiz a algún convicto para seguir tachando los días que quedan hasta fin de este 2017, que parece que se hizo de chicle

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